Y ahora simplemente camino, palpo mi bolsillo, ya no tengo caramelos; de paso miro mi teléfono, Josefina no respondió mi mensaje. Esto da tentativas a pensar, por ejemplo: 16 años, sin mensajes, sin Josefina, sin caramelos, o tal vez que esto es una buena historia para un cuento, un cuento corto. Pienso simplemente escribir “Sin mensajes, sin Josefina, sin caramelos”.
Es una buena historia, o un buen comienzo, o quizás es la misma basura que siempre escribo y dejo encerrada en mi cuaderno olvidando su existencia al día siguiente. Finalmente decido que sí, sería una buena historia y me gustaría escribirla. Pero enseguida me planteo si debería escribir que pensé en escribirlo, luego me doy cuenta de que eso me llevaría a tener que escribir que pensé en escribir, que antes había pensado en escribir esta historia.
Mi mente se hace un nudo, una rotonda tal vez, donde todo me lleva de nuevo al comienzo, al inicio de la vida, al prólogo del libro, a esa cuadra y media atrás donde descubrí que no tenía mensajes, ni a Josefina, ni tampoco caramelos.

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